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Violencia de género y su impacto en las mujeres y la niñez: Una mirada desde los Derechos Humanos.

Actualizado: 13 mar

Hablar de violencia de género no es solamente hablar de agresiones físicas. Es acercarnos a asuntos de relaciones de poder, de desigualdades históricas y de estructuras sociales que han normalizado el sufrimiento. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer define la violencia como aquello que provoca o puede provocar da daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico. Mientras que en Puerto Rico según el compendio que realiza la Oficina de la Procuradora de la Mujer en el 2022 unas 5,573 personas vivieron violencia en las relaciones intrafamiliares, en el 2023 fueron 7,955 y en el 2024 ascendió a 9,043 las víctimas.


Me parece de importancia que enmarquemos la violencia de género tomando en consideración el contexto complejo que viven las mujeres de nuestro país, porque sin este paso me parece sencillamente imposible ser responsables en el análisis. Siendo imperativo acercarnos a esta problemática partiendo de las realidades impuestas que han vivido las mujeres, las cuales no surgen del vacío, sino que nacen como respuesta patriarcal de un sistema y estructura que oprime y ejecuta desde la inequidad por cuestión de género y todas sus interseccionalidades.


En Puerto Rico la violencia dirigida hacia las mujeres se manifiesta de muchas formas, desde la invisibilización de su historia, la sobrecarga laboral, la desigualdad salarial, el discrimen y feminicidios que siguen perpetuando las calles del país. Poniendo en perspectiva la amplitud del impacto que se sostiene como problema social y no atrapada en la idea de encajonar el asunto a la individualidad alejada de su contexto social.


Desde la perspectiva de derechos humanos la violencia de género no es únicamente un acto de agresión aislado, sino que radica en una violación directa de la dignidad humana como derecho inherente a todas y todos. Es aquí cuando abrimos paso a pensar en colectivo evitando discursos simplistas que dejan a un lado el complejo social. Desde la perspectiva social amplificada se nos provee un espacio para alejarnos con miradas críticas y observar e identificar con detenimiento todas las particularidades que permiten el inicio de una búsqueda intencional para la transformación social, cultural y sin duda alguna estructural.

Esta propuesta que contempla la sociedad toma sentido cuando recordamos frases cotidianas que aun podemos escuchar en donde la idea de las relaciones amorosas parte de ideas machistas como, por ejemplo: “si te cela, es que te quiere”, “la que ama, aguanta todo” o peor aún “el amor duele y requiere sacrificios”. Frases que si bien pueden cambiar de estilo o incluso su forma siguen siendo parte de la realidad cultural inmersa y hasta casi atada a la psique colectiva. Incluso, extrapolando esa narrativa al plano profesional y limitando la violencia de género a una cuestión exclusiva de la salud mental. Aquí es donde muchos profesionales si no se detienen a deconstruir, profundizar y hasta problematizar con ojos críticos el asunto, podrían caer en descontextualizar a las mujeres y simplificando situaciones a la “baja autoestima”.


No es menos cierto que el bienestar emocional es parte fundamental de la calidad de vida de las personas. En el único momento en que se cuestiona el tema es cuando se utiliza desde esferas reduccionistas en el que queriendo o no, se deposite responsabilidad en la persona que es víctima. Explicaciones que ignoran realidades como la dependencia económica, presencia de hijos/as, miedo a represalias, asuntos religiosos o incluso hasta asumir que ese es el destino que les ha tocado.  


La Declaración de la Eliminación de la Violencia contra la mujer de la ONU nos hace cuestionar la idea de que “los trapos sucios se lavan en la casa” clasificando los deberes que tiene el Estado y el sistema de justicia en educar, prevenir, proteger, investigar, sancionar y atajar el problema con la diligencia y urgencia que amerita. Además, reconoce la violencia dirigida hacia la mujer como un asunto de salud pública. Cuestiones en salud que no solamente miran a la mujer, sino que sin duda alguna nos acerca a una población altamente vulnerabilizada: la niñez. Población que está presentes en sociedad y pocas veces volteamos a reconocerles como participantes activos de nuestro entramado social. La violencia de género también se desarrolla desde procesos de socialización temprana en una sociedad que ya hemos descrito como altamente violenta.


Si queremos incluso, podríamos hacer una reflexión sencilla sobre frases dirigidas a niños y a niñas y rápido recordar algunas comunes. Empecemos con los niños y allí escucharíamos mensajes dirigidos a estos como, por ejemplo: “los hombres no lloran”. Por otro lado, las niñas que hoy día siguen recibiendo frases como: “compórtate como niña, las niñas son delicadas”. Narrativas simples que ya conocemos, pero que construyen expectativas sobre el poder, la emoción y el comportamiento. Sin duda alguna niños y niñas siendo víctimas de la categorización y división impuesta que pone en juego el dominio y control por un lado y la tolerancia y sometimiento por el otro. Muchas de estas ideas heredadas y pocas veces cuestionadas, es decir, asumidas con naturalidad.


El Observatorio de Equidad y Género ha señalado que una gran proporción de los incidentes de violencia suceden en hogares donde también estaban presentes niños y niñas. Estos convirtiéndose en testigos directos e indirectos que presenciaron episodios de agresión y discusiones violentas. Experimentando el miedo por la seguridad de sus cuidadores y posicionados en ambientes de tensión e incertidumbre. Población que no debemos olvidar que sin importar su edad siguen siendo personas que tienen derechos a vivir en espacios seguros, a un desarrollo óptimo y a estar en espacios libres de violencia.


Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la exposición a la violencia en la niñez es considerada una Experiencia Adversa en la Infancia, teniendo un potencial efecto duradero en la salud física y emocional de la niñez en la actualidad y futuro. La niñez incluso desarrollando formas adaptativas donde reconocer las experiencias violentas intrafamiliares como “naturales” en un entorno que intentan sobrevivir. Lo que para el adulto puede ser un contexto inhabitable para la niñez puede ser la única experiencia que explique la forma en cómo funcionan las relaciones humanas.


Entre las muchas estrategias de supervivencia incluye la hipervigilancia en donde la niñez aprende a leer lenguaje corporal y tonos de voz para identificar con anticipación el peligro. Por otra parte, niños y niñas intentan la mediación para evadir el conflicto entre los adultos asumiendo una carga emocional que no les corresponde. Mientras que la adaptación emocional se convierte en otra estrategia en la que minimizan la violencia como protección a su bienestar. Sin olvidar los casos interminables de niños y niñas que suelen repetir conductas violentas aprendidas en su entorno como respuestas adaptativas. Esto ya que su experiencia personal le ha enseñado que la conducta agresiva es una estrategia para mantenerse a salvo.


En fin, la violencia de género tiene listas amplias de personas que son victimas de esta y uno de los pasos más importantes que no deben dejar de resonar es el cuestionamiento, la profundidad y la mirada a aquellas personas que históricamente han sido violentadas, marginadas y que aun hoy se encuentran en contextos vulnerabilizados. Quizás la pregunta que debemos hacernos como sociedad es si queremos que la niñez y mujeres aprendan a sobrevivir en contextos de violencia, o queremos construir entornos donde sea la norma vivir con dignidad, seguridad y el reconocimiento de los derechos de todas y todos.

 

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