Impacto de la violencia de género en la niñez
- Lcdo. Fernando A. Cuevas Quintana

- 13 mar
- 3 Min. de lectura
Acercarnos al tema de violencia de género trae consigo grandes complejidades que pueden ser conversadas desde diferentes ángulos, pero pocas veces consideramos a una población altamente vulnerabilizada que también pudiese estar inmersa: la niñez. Personas que están presentes en sociedad y pocas veces volteamos a reconocerles como participantes activos de nuestro entramado social. La violencia de género también se desarrolla desde procesos de socialización temprana en una sociedad que ya conocemos como altamente violenta.
Podríamos hacer una reflexión sencilla sobre frases dirigidas a niños y a niñas y recordar algunas comunes. Empecemos con los niños y allí escucharíamos mensajes dirigidos a estos como, por ejemplo: “los hombres no lloran”. Por otro lado, las niñas que hoy día siguen recibiendo frases como: “compórtate como niña, las niñas son delicadas”. Narrativas simples que ya conocemos dentro de todas sus posibles variantes, pero que construyen expectativas sobre el poder, la forma de expresar emociones y las expectativas sobre el comportamiento. Sin duda alguna niños y niñas siendo víctimas de la categorización y división impuesta que pone en juego el dominio y control por un lado y la tolerancia y sometimiento por el otro. Muchas de estas ideas han sido heredadas y pocas veces cuestionadas, es decir, asumidas con naturalidad.
El Observatorio de Equidad y Género ha señalado que una gran proporción de los incidentes de violencia suceden en hogares donde también estaban presentes niños y niñas. Estos se convierten en testigos directos e indirectos que presencian episodios de agresión y discusiones violentas, experimentando el miedo por la seguridad de sus cuidadores y posicionados en ambientes de tensión e incertidumbre. No debemos olvidar que, sin importar su edad, siguen siendo personas que tienen derecho a vivir en espacios seguros, a un desarrollo óptimo y a estar en espacios libres de violencia.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la exposición a la violencia en la niñez es considerada una Experiencia Adversa en la Infancia, teniendo un potencial efecto duradero en la salud física y emocional de la niñez en su presente y futuro. Esta población ha desarrollado incluso formas adaptativas donde reconocen las experiencias violentas como “naturales” en el entorno del cual intentan sobrevivir. Lo que para el adulto puede ser un contexto inhabitable para la niñez puede ser la única experiencia que explique la forma en cómo funcionan las relaciones humanas, porque quizá a su corta edad no han visto otra posibilidad.
Entre las muchas estrategias de supervivencia que desarrollan como respuesta a sus ambientes violentos, se incluye la hipervigilancia, donde la niñez aprende a leer lenguaje corporal y tonos de voz para identificar con anticipación el peligro. Por otra parte, niños y niñas intentan la mediación para evadir el conflicto entre los adultos asumiendo una carga emocional que no les corresponde. Mientras, la adaptación emocional se convierte en otra estrategia en la que minimizan la violencia como protección a su “bienestar”, sin olvidar los casos interminables de niños y niñas que suelen repetir conductas violentas aprendidas en su entorno como respuestas adaptativas. Esto ocurre porque su experiencia personal le ha enseñado que la conducta agresiva es una estrategia para mantenerse a salvo.
En fin, quizá la pregunta que debemos hacernos como sociedad es si queremos que la niñez aprenda a sobrevivir en contextos de violencia, o queremos construir entornos donde la norma sea vivir con dignidad, seguridad y el reconocimiento de los derechos de todas y todos.





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